Dos Aguas

Las lajas de donde fluye el rastro del pasado

Junto con los yacimientos de icnitas localizados en los términos municipales de Morella, Bicorp, Bejís, Alpuente y Millares, el yacimiento icnológico de Dos Aguas, del cretácico superior (Cenomaniense), es el espacio paleontológico más destacado de nuestra región. Las numerosas huellas de dinosaurio se localizan sobre rocas calizas, en un rastro que ha perdurado cien millones de años, desde la época en que estos colosales reptiles se movían en este territorio fluvial de clima, entonces, subtropical.

Pero si sorprende la presencia de estas criaturas por estas tierras, también es increíble la temprana presencia del animal humano en este espacio montañoso, atravesado por el Júcar, que discurre, sinuoso, encajonado entre altas paredes rocosas; también por numerosos barrancos, algunos de los cuales vierten sus aguas también hacia la cuenca del Magro y dos de los cuales, el de “la Umbría” y el del “Muladar”, abrazan la colina sobre la que se asienta el pueblo, dándole su nombre. Así, en la “Cueva de la Cocina”, hay restos que demuestran presencia del hombre desde el Epipaleolítico; y en los abrigos del “Cinto de las Letras”, de la “Covacha de las Cabras” y del “Cinto Ventana”, encontramos pinturas rupestres del neolítico, representativas de los estilos Esquemático y Levantino.

También son importantes vestigios del pasado: los dos fortificaciones erigidas en el término y catalogados como “Bienes de Interés Cultural”, el “Castillo de Madrona”, a orillas del Júcar, en el centro de un valle a unos cinco kilómetros de la población y la “Torre de Vilaragut”, que corona el propio casco urbano, formando una de las panorámicas más atractivas de nuestra región. Estos restos del castillo, conocido popularmente como el de los moros, toman su nombre de uno de los titulares del señorío, quien tuvo su propiedad a finales del siglo XIV, que acabó siendo marquesado, el de “Dos Aguas”, uno de los principales feudos valencianos, en extensión, influencia y número de vasallos.

La “Hondonada del charco blanco”, la “Cueva de las maravillas”, las playas de arena blanca de ”los Huertos” y de “las Minas”, en las orillas del Júcar, los picachos de la “Sierra del Ave”, las numerosas fuentes, como la de “Giner”, los gavilanes sobre el campanario de la iglesia, las “Tortas de San Juan”, los “encierros” de agosto o el “vía crucis de Semana Santa”, los campos de almendros o melocotoneros, sus miradores o sus tortuosos senderos, invitan a viajar a un territorio que conserva una gran riqueza medioambiental, pese a los recientes incendios. Un escenario impresionante que se debate entre dos aguas, la de la preservación y el fomento de un patrimonio natural y monumental castigado pero único, o la de una apuesta por otras iniciativas económicas quizá más rentables a corto plazo, pero quizá más peligrosas para la estabilidad y la armonía del medio rural. Difícil encrucijada, cuando lo que se trata es de salir a flote en esta tierra ancestral, mágica, que retiene las huellas de nuestro pasado.

 

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