Loriguilla Viejo

Con el corazón partido pero palpitando

En 1955 la Confederación General de Obras Hidráulicas aprobaba un proyecto de creación de un gran embalse en la cuenca del río Turia, entre los términos municipales de Chulilla y Loriguilla. La construcción de este pantano obligará al desalojo de la segunda de las localidades y Domeño. Así, en 1959 el municipio se traslada al “Pla de Quart”, en concreto a la partida de la “Masía del Conde”, en el término de Riba-roja y a tan sólo 18 kilómetros de la ciudad de Valencia y con unas nuevas comodidades y ventajas para su desarrollo.

El núcleo de población antiguo, de fundación romana, enclavado en las montañas de la Serranía se abandonará, quedando desde entonces el término fragmentado en dos partes muy diferenciadas y ambas muy atractivas. Por una parte el monte, de una riqueza floral y faunística; con profundos valles y altos picos como el de los “Cinco Pinos”; con barrancos como el “Coraje”, “Alinoralla” “Carcaz” o “Maniador”; con ramblas como la del “Reatillo”; con manantiales como el de “Fonfrilla” o el “de la Puerca”; con árboles monumentales como la “Garroferica de las Cruces”; o con parajes de gran valor etnológico como la “Casica Pilatos”, los “Corrales de Alfarandín”, las “Casas de Medién”, el “Camino de los Olivastros”, la “Cueva Martín” o el “Alto de la Cruces”.

Por otra parte, la población migró a una de las vegas más fértiles de Valencia, en el Camp del Turia, en los terrenos de la monumental “Masía del Conde de Torrefiel”, de visita inexcusable. En un pueblo nuevo, que si bien no tiene el sabor del lugar antiguo, sí es interesante, por ser buen ejemplo de la arquitectura racional y funcional que se empleo en estos núcleos de nueva planta. Con un diseño de calles ortogonales, anchas y con abundantes zonas verdes, en las que destaca la iglesia “de San Juan Bautista”, que conserva el nombre de la antigua del siglo XVII y con frescos de Palomino, que quedó a los pies del pantano. También se puede visitar en el núcleo nuevo la ermita “de la Soledad”, en un altozano, cerca del yacimiento visigodo del “Pla de Nadal” y en un paraje considerado “Parque Mediterráneo”; o el “Mirador de Valencia” donde se puede ver toda la extensión urbana de la ciudad.

Y, aunque los loriguillanos tuvieron que dejar su cautivador pueblo serrano, por lo menos, ensancharon los límites de su ámbito, pues a las nuevas tierras llevaron su esencia, sus singulares ritos, su rica habla “churra”, su variada gastronomía, su personalidad. No dejaron que con la presa, se ahogaran sus esperanzas, y siguen intentando recuperar el patrimonio natural y etnológico que allí quedó, con proyectos, por ejemplo, como el “Complejo Turístico Rural” que se ha levantado en el antiguo enclave, que conserva monumentos como la iglesia antigua y desde donde se puede contemplar, la armonía de un paisaje espectacular. Allí, donde se jugaba a la pelota o se bailaban jotas, ahora se pueden practicar numerosos deportes y actividades en contacto con un entorno privilegiado.

Aunque el agua enterró parte de su historia, también ha de servir, como la del “Bautista”, para resucitar su espíritu, como la que Santiago porta en esas conchas que decoran el escudo de la Villa y que simboliza, el camino difícil pero satisfactorio de un pueblo peregrino.

 

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Qué comer

En Loriguilla destacan el gazpacho de cazador, la paella valenciana o la olla serrana.

Loriguilla posee una gran tradición gastronómica en repostería, de entre los dulces que destacan encontramos los pasteles de calabaza y boniato, la coca de pasas y nueces y los congretes.

Ayuntamiento de Loriguilla